jueves, 18 de marzo de 2010

Progresa adecuadamente. (10)


Los niños, los alumnos, los estudiantes, encarnan mejor que nadie la debilidad. Son seres inacabados, en formación, expuestos a la interpenrie social y a sus constantes caprichos. El Estado debe cuidar de ellos. Para llevar a cabo dicho cometido, el Estado cuenta con la escuela. También dispone, claro está, de hospitales especializados, centros de atención a la infancia, y hasta de correcciones. Pero nada como la escuela. Ahí la debilidad se jerarquiza, adquiere diferentes tonalidades, se vuelve mucho más rica, mucho más compleja, mucho más diversa. El cuidado, pues, no afecta a todos por igual. Existen grupos de riesgo, debidamente identificados, en los que la debilidad se ensaña. Primero están los hijos de los recién llegados de otras tierras, con sus culturas atávicas y sus creencias a cuestas. Luego, los miembros de familias desestructuradas, que es como llaman hoy en día a los descendientes directos de parejas a las que la fatalidad ha llevado por la senda del mal vivir. Están, por fin, los vagos, los tontos, los ociosos... Para salvarlos a todos del arroyo, el Estado ha dotado a la escuela de un cuerpo de élite: los psicólogos.

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