martes, 30 de marzo de 2010

Progresa adecuadamente. (33)


El edificio de la convivencia lingüística, tan trabajosamente levantado hará ya veinticinco años, en plena transición, empieza a derrumbarse como un castillo de naipes. Van cayendo las cartas una a una, sin hacer ruido, sin molestar siquiera. Y no se trata en modo alguno del efecto de una conspiración largamente urdida, ni estamos asistiendo tampoco a una catástrofe natural, como si un mal fario hubiera desencadenado, de pronto, una violenta sacudida. No: las cartas caen víctimas de su propia fragilidad, de la inconsistencia con la que fueron fabricadas. Nunca tuvieron de su parte a la realidad. ¿Qué sentido tiene convertir al catalán en lengua única de la enseñanza, la Administración autonómica y la Administración local, cuando la realidad hace siglos que ha tomado otros derroteros? ¿Qué sentido, si no es el de perpetuar hasta el infinito una ilusión de país? Toda la historia de los múltiples intentos por regular el uso público de las dos lenguas existentes en Cataluña -lo que equivale, a la vista está, a legislar sobre una sola lengua, con evidente menoscabo de la otra- descansa en una ficción, tan reconfortante para nuestra clase política como efímera e insustancial para el conjunto de los ciudadanos. A estas alturas, a lo que más se asemeja la normalización del catalán es a uno de estos enormes globos de feria que los padres regalan a sus críos los domingos o las fiestas de guardar, y que, de no mediar un imprevisto ventarrón, duran lo que dura un domingo. Bien es verdad que mientras siga habiendo domingos y fiestas de guardar...

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